sábado, 21 de abril de 2012

Literalmente...

Una amiga coreano-alemana intenta comentar en francés luego de señalar el corte de otro amigo coreano: cómo se dice ... el pelo? A lo que respondo: cortar el pelo. Me señala su extrañeza, porque en alemán existe la diferenciación entre "ich habe meine Haare geschnitten" (yo he cortado mi pelo) y "ich habe meine Haare schneiden lassen" (he dejado que me corten el pelo). Y digo: sí, los alemanes siempre toman todo literalmente. Ella se enoja y responde que no siempre. De dónde viene este recelo frente a la literalidad? No es la literalidad, la identificación entre dos sentidos, mejor dicho, la anulación de la diferencia entre ellos y, lo más grave, de su jerarquía? no es acaso la literalidad el fundar comunidad política, del que forma parte especial el nacional-socialismo? no es, por el contrario, la democracia otro nombre de la metáfora? En efecto, cuándo es que uno usa la expresión "literalmente"? No tiene el carácter de una excepción, el de la identificación de los sentidos, del significante y del significado? no parece presuponerse el que el lenguaje sea en sí mismo metafórico? El "literalmente", por ejemplo, cuando se dice de alguien que "literalmente está en la mierda" o "está hecho mierda" quiere indicarse el hecho "literal" de estar hundido hasta el cuello en materia fecal y no el estar en una situación límite o el estar vaciado de sí.

jueves, 5 de abril de 2012

panfleto racialista

Sin mayor rodeo ni paseo, la proclama racialista trascendental, más allá de cualquier ápice de discriminación: Las razas entre seres humanos existen y jamás lo duden, cada uno es representante de una especie que es genéticamente transmisible con las demás especies, cuya familia es la humanidad.

El racismo en su concepción lleva injerto la exacerbación del sentir racial, esa exageración es lo que lo convierte en una enfermedad mortal. Tras extraerle esa connotación irritante al racismo, este se transfigura en racialismo. Plantear las diferencias raciales, mas no discriminarlas.

Si todos somos iguales porque un blanco no es negro. Díganme loco pero si veo un hombre negro parado al costado de uno blanco, jamás diría que ambos son iguales porque hay una evidente diferencia de color. Tanto así que siento vergüenza ajena hacerla notar.

Cada raza representa una adaptación a un ambiente distinto. Tendremos los mismos genes, pero no todos se activan por igual. Bajo esta premisa racialista, las diferencias entre negros y blancos no tendrían que reducirse solo a colores, simplemente no tendrían por qué reducirse.

En referencia al medallón olímpico, los negros son más aptos para realizar un mayor esfuerzo físico. Mientras que los blancos poseen una más amplia capacidad estratégica. De esta manera se entiende que un mejor esclavo fue el negro y un mejor amo, el blanco; sin hacer alusión a una mejor persona sino a una más eficiente. No por esto, pudo haber existido un blanco esclavo o un negro amo de nota sobresaliente.

Los negros son virtuosos al hacer del esfuerzo físico una diversión, de ahí no sorprende que entre los mejores guitarristas figuren los bluseros negros. Muddy Waters, Bo Diddley, Buddy Guy y B.B. King entre cientos. Sin embargo, los que incorporaron a estos negros dentro del sistema de mercado, aquellos que supieron como llevar ese talento al éxito fueron blancos. Sam Phillips, Leonard y Phil Chess fueron quienes hicieron de estos negros, inmortales.

O los equipos africanos en copas mundiales, siempre llevan un director técnico blanco, europeo del este por lo general. Por otro lado, es difícil imaginar un maestro de ajedrez negro; uno cholo sí me imagino, pero negro, eso sí no.

Tampoco es una regla pero a modo genérico, cada raza es mejor para ciertas actividades que otras. Como ya me fui en caldo hace rato: Discriminar es absurdo si lo más beneficioso es complementarse, de ese modo sacamos lo mejor de cada uno para lograr algo mucho mejor.

¡Viva el racialismo!

viernes, 12 de agosto de 2011

el semáforo

La lógica condena la estructura tripartita del semáforo. En efecto, razonando fríamente, es completamente redundante el tener tres luces para dirigir el tránsito. La única luz estrictamente necesaria es la roja. La luz roja indica "pare", mientras que su ausencia podría tranquilamente significar "siga", con lo cual la luz verde resultaría innecesaria. Asimismo, ¿cuál es la necesidad de la luz ámbar? Presumiblemente, debe servir como precaución frente a la luz roja, es decir, como un descenso de la velocidad, como una preparación al "pare". Sin embargo, en la práctica y por su misma condición de anuncio de la detención también juega a la inversa e invita a la aceleración, a la negación del reposo, al incremento de la velocidad. Rojo y ausencia de rojo. O, mejor dicho, transitar y su detención. ¿Eso es todo lo que hay?

La luz roja invita al detenimiento, intencionadamente solo físico, pero en realidad uno debe detenerse totalmente en una especie de tiempo muerto, de tiempo de espera. Esa artificialidad de la detención, innatural a nuestro innato transitar, su incomodidad, pretende ser resuelta por la luz ámbar. La luz ámbar quiere decir que ese estado de falta de norte, de incertidumbre, de impaciencia, es finito. La luz ámbar anuncia la llegada del "siga", de la vuelta a la cotidianidad. De ahí no solo la aceleración que constituye la negación de la espera. De ahí también que ahora resulte tan reconfortante el tener esos semáforos numerados que segmentan el tiempo y nuestra espera, de ahí nuestra interna gratitud frente al ritual alienante del contar los segundos que faltan para volver a echar a andar.

el tropiezo

Entre las muchas secuencias de Chespirito, destacan sus entremeses. Y entre ellos, el del mesero torpe. Una anfitriona de la clase media alta mexicana está dando una cena y ha contratado a un mesero para que se encargue de la comida y la bebida. No obstante, se aparece el mismo mesero que el año pasado trajo la casa abajo por su torpeza, aunque de ello solo tengamos noticia. Llega la pareja de invitados y toda la conversación versa en torno a la torpeza de la servidumbre, desde su indignación, pasando por su comprensión benevolente y su interpretación vocacional, hasta su explicación psicológica. Si el mesero ha dado pie a todas estas interpretaciones del señor con respecto a su siervo por medio de su sucesivo destrozo de la vajilla, e incluso a signos acerca del señor mismo (como su alcoholismo), llega un momento en el que la burguesía debe quedar sentada, contemplando inmutable el espectáculo de destrucción que protagoniza su otro.

En efecto, en una danza del error, Chespirito tropieza y deja caer las copas de champaña, se reincorpora sin éxito aferrándose a la vulnerabilidad de un jarrón, entrampándose en una pequeña mesa que lo hace retumbar contra la lámpara que a su vez lo hace salir impelido contra otro florero, cuyo pedestal intenta equilibrar solo para dar cuenta de la fragilidad y la ficción de la pared de la casa/set de grabación y, más aún, de su límite translúcido que es la ventana y así amagar con casi caer afuera y buscar cobijo en las cortinas, solo para disfrazarse a sí mismo y deambular ciego hasta preservar el don. Los invitados huyen casi asqueados por el espectáculo y la anfitriona adopta con fría adustez la comprensión de lo sucedido. Ella asume la continuación de la destrucción de todo el mobiliario hasta que, en un acto de la más grande malinterpretación y comunión a la vez, el mesero destruye todo el menaje levantando la mesa. Este estado de incomodidad y extrañeza, en el que se ubica a la burguesía, es la versión humilde de "El Ángel Exterminador" de Buñuel, en el cual atendemos a una parodia similar en tanto los convidados a una cena no pueden salir fuera de la sala de la mansión. La servidumbre se marcha, dejándolos a su suerte, con lo cual, en el transcurso de los días, los integrantes de la burguesía mexicana empiezan a perder sus buenas maneras y acaban comportándose como salvajes. En este caso, no se opta por ver cómo la constitución de su identidad pasa por el rechazo de un salvajismo constituyente, sino que se los hace ser espectadores de cómo su desprecio o benevolencia con respecto a lo inútil, a lo perdedor, a lo subdesarrollado, debe en su exceso revelar la propia naturaleza inservible de su moblaje, de su adorno, de su cristalería. Ese juego interminable de caídas no revela sino que el ser humano es él mismo un solo y gran trop...