viernes, 12 de agosto de 2011

el semáforo

La lógica condena la estructura tripartita del semáforo. En efecto, razonando fríamente, es completamente redundante el tener tres luces para dirigir el tránsito. La única luz estrictamente necesaria es la roja. La luz roja indica "pare", mientras que su ausencia podría tranquilamente significar "siga", con lo cual la luz verde resultaría innecesaria. Asimismo, ¿cuál es la necesidad de la luz ámbar? Presumiblemente, debe servir como precaución frente a la luz roja, es decir, como un descenso de la velocidad, como una preparación al "pare". Sin embargo, en la práctica y por su misma condición de anuncio de la detención también juega a la inversa e invita a la aceleración, a la negación del reposo, al incremento de la velocidad. Rojo y ausencia de rojo. O, mejor dicho, transitar y su detención. ¿Eso es todo lo que hay?

La luz roja invita al detenimiento, intencionadamente solo físico, pero en realidad uno debe detenerse totalmente en una especie de tiempo muerto, de tiempo de espera. Esa artificialidad de la detención, innatural a nuestro innato transitar, su incomodidad, pretende ser resuelta por la luz ámbar. La luz ámbar quiere decir que ese estado de falta de norte, de incertidumbre, de impaciencia, es finito. La luz ámbar anuncia la llegada del "siga", de la vuelta a la cotidianidad. De ahí no solo la aceleración que constituye la negación de la espera. De ahí también que ahora resulte tan reconfortante el tener esos semáforos numerados que segmentan el tiempo y nuestra espera, de ahí nuestra interna gratitud frente al ritual alienante del contar los segundos que faltan para volver a echar a andar.

el tropiezo

Entre las muchas secuencias de Chespirito, destacan sus entremeses. Y entre ellos, el del mesero torpe. Una anfitriona de la clase media alta mexicana está dando una cena y ha contratado a un mesero para que se encargue de la comida y la bebida. No obstante, se aparece el mismo mesero que el año pasado trajo la casa abajo por su torpeza, aunque de ello solo tengamos noticia. Llega la pareja de invitados y toda la conversación versa en torno a la torpeza de la servidumbre, desde su indignación, pasando por su comprensión benevolente y su interpretación vocacional, hasta su explicación psicológica. Si el mesero ha dado pie a todas estas interpretaciones del señor con respecto a su siervo por medio de su sucesivo destrozo de la vajilla, e incluso a signos acerca del señor mismo (como su alcoholismo), llega un momento en el que la burguesía debe quedar sentada, contemplando inmutable el espectáculo de destrucción que protagoniza su otro.

En efecto, en una danza del error, Chespirito tropieza y deja caer las copas de champaña, se reincorpora sin éxito aferrándose a la vulnerabilidad de un jarrón, entrampándose en una pequeña mesa que lo hace retumbar contra la lámpara que a su vez lo hace salir impelido contra otro florero, cuyo pedestal intenta equilibrar solo para dar cuenta de la fragilidad y la ficción de la pared de la casa/set de grabación y, más aún, de su límite translúcido que es la ventana y así amagar con casi caer afuera y buscar cobijo en las cortinas, solo para disfrazarse a sí mismo y deambular ciego hasta preservar el don. Los invitados huyen casi asqueados por el espectáculo y la anfitriona adopta con fría adustez la comprensión de lo sucedido. Ella asume la continuación de la destrucción de todo el mobiliario hasta que, en un acto de la más grande malinterpretación y comunión a la vez, el mesero destruye todo el menaje levantando la mesa. Este estado de incomodidad y extrañeza, en el que se ubica a la burguesía, es la versión humilde de "El Ángel Exterminador" de Buñuel, en el cual atendemos a una parodia similar en tanto los convidados a una cena no pueden salir fuera de la sala de la mansión. La servidumbre se marcha, dejándolos a su suerte, con lo cual, en el transcurso de los días, los integrantes de la burguesía mexicana empiezan a perder sus buenas maneras y acaban comportándose como salvajes. En este caso, no se opta por ver cómo la constitución de su identidad pasa por el rechazo de un salvajismo constituyente, sino que se los hace ser espectadores de cómo su desprecio o benevolencia con respecto a lo inútil, a lo perdedor, a lo subdesarrollado, debe en su exceso revelar la propia naturaleza inservible de su moblaje, de su adorno, de su cristalería. Ese juego interminable de caídas no revela sino que el ser humano es él mismo un solo y gran trop...