viernes, 12 de agosto de 2011

el semáforo

La lógica condena la estructura tripartita del semáforo. En efecto, razonando fríamente, es completamente redundante el tener tres luces para dirigir el tránsito. La única luz estrictamente necesaria es la roja. La luz roja indica "pare", mientras que su ausencia podría tranquilamente significar "siga", con lo cual la luz verde resultaría innecesaria. Asimismo, ¿cuál es la necesidad de la luz ámbar? Presumiblemente, debe servir como precaución frente a la luz roja, es decir, como un descenso de la velocidad, como una preparación al "pare". Sin embargo, en la práctica y por su misma condición de anuncio de la detención también juega a la inversa e invita a la aceleración, a la negación del reposo, al incremento de la velocidad. Rojo y ausencia de rojo. O, mejor dicho, transitar y su detención. ¿Eso es todo lo que hay?

La luz roja invita al detenimiento, intencionadamente solo físico, pero en realidad uno debe detenerse totalmente en una especie de tiempo muerto, de tiempo de espera. Esa artificialidad de la detención, innatural a nuestro innato transitar, su incomodidad, pretende ser resuelta por la luz ámbar. La luz ámbar quiere decir que ese estado de falta de norte, de incertidumbre, de impaciencia, es finito. La luz ámbar anuncia la llegada del "siga", de la vuelta a la cotidianidad. De ahí no solo la aceleración que constituye la negación de la espera. De ahí también que ahora resulte tan reconfortante el tener esos semáforos numerados que segmentan el tiempo y nuestra espera, de ahí nuestra interna gratitud frente al ritual alienante del contar los segundos que faltan para volver a echar a andar.

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